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Una noche en el desierto del Sahara

Faltaban pocos kilómetros para llegar a Merzouga y adentrarnos en el desierto cuando de pronto empezó a soplar una terrible tormenta de arena. Nuestros planes pendían de un hilo. Nuestras caras cambiaban su expresión a cada segundo: fastidio, frustración, negación, enojo. La naturaleza tenía la última palabra. En esas condiciones no íbamos a salir.

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Llegamos al parador, nuestro punto de salida, donde Hassan se fue a deliberar con nuestros guías bereberes qué hacer. Todo podía cambiar en un segundo. Mientras, nos ofrecieron un té a la menta con las mejores galletitas que probamos para conformar nuestras almas. Tengo nuestras caras grabadas en mi memoria: Noelia era Medusa, su mirada te helaba; Hassan estaba pálido, no quería decirnos que no pero escapaba de sus manos ya que la naturaleza era lo único que no podía controlar; y mientras yo reía nerviosa y descontroladamente por dentro. Sólo a nosotras podía pasarnos venir hasta acá y perdernos de dormir en el desierto.

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No sé qué pasó pero en un momento todo cambió y se despejó. Era la hora. Íbamos a salir. Hassan ató nuestros pañuelos a la cabeza, al estilo beréber y nos enchufó 3 botellas de agua mineral en la mochila, una de ellas congeladas para mezclar. Lo creímos un exagerado. Eran 4,5 litros para dos personas en 12 horas. Parece que el que sabe, sabe. Nos subieron a los dromedarios (tienen una joroba, los camellos tienen dos) uno a uno. Al final nuestra caravana se hizo numerosa: llegamos a ser diez, más nuestros dos guías bereberes. Todo un grupo de aventureros, incluyendo tres pequeños que se portaron de maravillas para mi sorpresa.

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Anduvimos una hora adentrándonos en el desierto, a paso lento por las dunas, hasta que todo a nuestro alrededor se hizo arena. Era arena de un color naranja profundo. Alrededor, silencio y la tarde cayendo. Cuando estábamos por llegar, empezaron a caer unas gotas. Sí, lluvia. Bueno, llovizna. A los segundos se desató una furiosa tormenta de arena. Nuestros pañuelos nos protegieron la cara, pero golpeaba en nuestro cuerpo cual finos latigazos. Por suerte duró poco. Digamos que tuvimos el combo completo.

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De pronto, paramos, bajamos de nuestros dromedarios y nada alrededor. Subimos la duna y ahí estaban las haimas, unas tiendas de mantas que iban a ser nuestro refugio nocturno.
No sé si les dije pero es verano. Agosto para ser más precisos. En mi imaginación (o en mis recuerdos de geografía), siempre concebí al desierto como un lugar con amplitud térmica: mucho calor de día y frío de noche. Bueno, si esto era el frescor no había forma que me imagine lo que era un mediodía ahí. No les puedo explicar el calor, menos adentro de las tiendas. Luego de ver el atardecer y merodear por las dunas, intentamos compartir un té (de menta, obvio) adentro en la zona del comedor. Uno a uno fuimos sacando nuestra silla al “patio”. De pronto se armó la charla en todos los idiomas: español, catalán, inglés, alemán, holandés, árabe y bereber. La gente siempre se entiende. Nos gusta compartir experiencias y conocernos. A la larga siempre parecemos íntimos. Eso es lo que son los compañeros de viaje. Aunque estemos juntos solo unas horas.

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Al rato llegó la comida: sopa de arroz (sí, con ese calor), unos tajines de pollo y verdura que estaban fabulosos y melón de postre. Una fiesta podríamos decir. Y, de pronto, empezaron a sonar los tambores. Fueron pasando de mano en mano, algunos con más ritmo que otros pero todos con mucha energía. Los niños estaban felices. Y nosotras también.
La atracción de medianoche fue esperar la visita de los zorros del desierto. Nuestros guías dejaron entre las dunas las sobras de la comida. Despacito y en la oscuridad, solo iluminados por una tímida luna escondida entre nubes, subimos a lo más alto a esperarlos. Fue cuestión de tiempo: aparecieron y los vimos moverse. Habrán sido entre tres y cinco, si la vista no nos engañaba.
Antes de este punto pensábamos dormir afuera. Ya no lo consideramos una buena opción, sumado a los escarabajos y otros bichos de la arena. Nos fuimos a dormir cada uno a su dormitorio. Reite pero sí. Cada subgrupo tenía sus habitaciones con catres y almohadas, y luz. Un lujo. Hasta que el calor se volvió insoportable. A ver. Practico Bikram Yoga, yoga calefaccionado a 42 *C grados. No soy una flojita. Esto era el infierno propiamente dicho. Dormimos abrazadas a la botella congelada, turnándonos cada vez que la sangre nos hervía. Éramos un fuego interior. Saben lo que es abrazarse a un hielo y apenas sentir un fresquito? Eso es poco. No tengo palabras para describir el calor infernal que sentimos. Nos salvaron los litros de agua y esa botella congelada que solo se derritió a la madrugada. Le agradecimos repetidamente a Hassan su experiencia y buen tino.

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A las 5 de la mañana ya estábamos todos afuera durmiendo en las dunas y esperando el amanecer, bajo una tranquilidad absoluta. El silencio es inigualable y nadie quiere romperlo. Había neblina y al sol le costó aparecer. A las 7 subimos a los dromedarios y emprendimos lentamente la vuelta.

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Tardamos varias duchas en sacarnos el desierto de encima. Perdimos la arena y la calma conseguida como si nos fuésemos deshaciendo de finas capas. Un desayuno reparador nos llenó de energías. Hassan nos esperaba para seguir viaje hacia Marrakech.

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