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Chefchaouen, un pueblo teñido de azul

Ahhh Chefchaouen! Qué bien nos recibió! Llegamos en bus desde Casablanca una noche calurosa de julio. Chefchaouen está en el medio de las montañas. Es más, la ruta antes de llegar es bastante zigzagueante y lo primero que sorprende es descubrir este pueblito azul perdido a la distancia, recostado sobre una de las laderas de la montaña.

Estábamos preocupadas porque, en general, uno se pone más nervioso al llegar tarde a un lugar que no conoce. Pero de nuestro hospedaje ya nos estaban esperando para ayudarnos a trasladarnos hasta la medina. Los taxis llegan hasta la plaza principal. Luego, coraje y ayuda si se va con algo más que una mochila. Todo es cuesta arriba, por escaleras o pequeños e intrincados pasillos. Seguimos a nuestros nuevos amigos y quedamos extenuadas. Nos recibieron con agua y un riquísimo té a la menta como infaltable gesto de bienvenida.

La noche en este pueblo nos sorprendió. Es alegre y dura hasta tarde, pasada la medianoche, especialmente en verano. Al día siguiente descubrimos la razón: el calor es agobiante. Así que no dudamos un segundo y salimos a recorrer. Moverse, después de un rato, es fácil: si querés ir a la plaza, siempre es hacia abajo. Las calles largas van en forma horizontal y recorren de punta apunta el pueblo. Hacia arriba hay más cortadas, pero todo está interconectado. Un tip que nos sirvió mucho fue usar un mapa offline. Elegimos el CityMap2Go y lo usamos cuando nuestra falta de orientación y/o ubicación era suficiente. Si no, perderse está muy bien. Todo es lindo y su gente es de lo más gentil y conversadora.

  

La plaza (por si quieren saber, se llama Uta El Hamman) es el centro neurálgico de la movida nocturna. Allí se encuentran casi todos los restaurantes. Lo más divertido es sentarse afuera para entretenerse mirando. Todo es interesante. Los muchachos tratan de convencerte para entrar. Aquí todo es comida tradicional y turística. No hay mucha diferencia y los platos son: ensalada marroquí, alguna sopa (que con 35 grados a la noche no es una opción viable), tajines, cous cous y, quizás, alguna pizza. Los precios son de lo más accesibles. Se puede comer más que bien por $75 dirhams.

Con la panza llena uno queda listo para el regateo. De por sí, Chefchaouen es uno de los lugares más baratos y también más trabajadores. Si ven algo que les gusta, aprovechen acá. Además la mayoría de los chuches y baratijas son de los más lindos. Es un pueblo que teje a telar, así que aprovechen a comprar mantas o alfombras. Hay de tejidos sintéticos y de lana. También los puffs, almohadones, blanquería (toallas, repasadores, etc.) son bonitos. Hay carteras coloridas de tela y las babuchas y túnicas son de las más lindas y baratas. Y, obvio, está lleno de imanes, pulseras y otros recuerdos. Todo es regateable y a medida que se acerca la medianoche todos son más flexibles. Los vendedores son gentiles y aquí no te atosigan hasta cansarte ni se quieren aprovechar todo el tiempo. De paso, una buena caminata es la excusa ideal antes de irse a dormir.

  

Sepan que Chefchaouen es una medina dormilona. Quisimos arrancar temprano pero no hubo caso. Tanta noche y tanto calor la hacen remolonear bastante. Con suerte arranca algo a las 11 horas pero, para ser sincera, hasta bien entrada la tarde no es ni la mitad de vibrante que es por la noche. Aprovechen a desayunar bien, que todo es rico cuando uno está bien descansado. La mañana es ideal para charlar con los comerciantes y conocer más del oficio como también para sacar fotos porque todo está tranquilo. Sus laberintos son bellos. En casa esquina hay una puerta, una escalera o un pasadizo para investigar y admirar. Con seguridad puedo afirmar que es la medina más bonita, tranquila y apacible. Un oasis que luce como un gran océano.


  

Hay unas pequeñas (muy pequeñas) cataratas hacia la izquierda de la medina. No son gran cosa, pero es un paseo y durante el día es uno de los lugares más frescos. En el punto neurálgico está el antiguo lavadero que aún se usa. Ahí las mujeres lavan las mantas y alfombras y las estiran al sol en la montaña para secarlas.


Cruzando el puente, se puede caminar hasta la mezquita que tiene una de las mejores vistas panorámicas. Hay otras cataratas, mejores, a un poco más de una hora, donde se puede nadar y se accede con un taxi. Por tiempo no llegamos pero tenían varias recomendaciones.

La medina se recorre tanto en sentido lateral como vertical en unos 15 minutos de punta a punta, así que nada es lejos y nunca estarás completamente perdido (aunque bien vale la pena). Aprovechá y charla con todos los que puedas. Acá hablan bastante español, también francés y, obvio, árabe (que no lo domino).

Para tener en cuenta: nos alojamos en Casa Miguel, una casa antigua devenida en pequeño hotel (creo que son 4 habitaciones). Tiene el encanto de estar dentro de la medina, es una casa típica y atendida por una familia que disfruta recibir gente. Su hospitalidad nos haría volver otra vez. Todo grita “Marruecos” a viva voz.

Nos despedimos de Chefchaouen con mucho cariño. Un día está más que bien para recorrerla y disfrutarla. Más tiempo es recomendable para relajarse, flotar y dejarse llevar por su ritmo de mar calmo.

De yapa, mi foto disfrazada de mujer chefchaouense. Mil grados afuera y un millón debajo. Parece que mi pedido de una foto con el sombrero al señor del puesto dio como resultado esto. Se copó y nos hizo reír un buen rato.

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